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Por: Rebeca Ruiz Riveroll


Recuerdo el aroma a barniz, el frío del piso y el rostro de mi hermano cubierto de lágrimas, los dos tirados boca abajo, suplicando que esa puerta se abriera. Escuchábamos los aullidos de mi madre, sus reclamos del por qué mi padre nos había dejado nuevamente. Otro fin de semana sin su presencia… Para mi padre siempre fue más importante mi abuela y sus hermanos. No sé por qué mi padre fue así, ni siquiera entiendo su manera de ser padre, esposo, hijo… Mis hermanos y yo siempre vivimos un poco atemorizados de las constantes crisis nerviosas que padecía mi mamá ante la ausencia de ese hombre al que debía de llamar “padre”. Entre semana casi nunca lo veíamos, siempre llegaba tarde a casa y cuando intentaba acercarme a él me rechazaba. Nunca le gustaron besos ni abrazos, en su cara se veía una sensación de enojo y desprecio.

 Mi madre con el tiempo fue controlando sus nervios con ansiolíticos y visitas interminables a psiquiatras: los buenos consejeros de la razón, los confesores de las personas frustradas e inundadas de sentimientos que no pueden controlar. Aún recuerdo a mi psiquiatra, sentado en un sillón, observando cada uno de mis movimientos, cuestionándome del por qué de mis acciones, haciéndome ver que el mundo no cambiaría porque una mocosa de catorce años se tomara una caja de pastillas para dormir. La vida seguiría su curso: mi padre ausente y ella luchando con sus demonios para ser una buena madre. Ah, los psiquiatras: personitas que observan. Hablan con nuestros nervios y tratan de convencernos de que vivir no es tan malo, que la vida va y viene como el sol, la lluvia, el frío, la luna: sólo hay que estar preparado para lo que nos toque y disfrutarlo, aunque en ocasiones salgamos mojados, eclipsados, congelados, qué sé yo. Lo importante es que sigamos en un presente, dejando que las lágrimas ahuyenten a los recuerdos.
Sí, recuerdo mi vestido con fondo blanco y figuras de payasito manchado de barniz y ese aroma tan ácido. La mano de mi hermano de cuatro años cubierta de mocos que en su medio hablar decía algo que no podía entender. Sólo veía sus ojos, a ellos sí los entendía, gritaban tristeza y desesperación.
No basta que un niño lloré hasta que su propio llanto lo adormezca y su nariz pasmada lo deje entre respirar. Tampoco es suficiente que toque la puerta hasta que su mano se canse y su madre decida desquitar su cólera, arrojando todas las cosas que encuentre en su cuarto; hasta que decida enclaustrarse sin importar que esa mano siga tocando la puerta.
Sí, mi madre después de arrasar con todas las cosas rompibles de cristal decidía encerrarse en su cuarto hasta que amanecía, teniendo como esfinges a nosotros sus hijos para custodiarla, o mejor dicho hasta que el llanto nos vencía y quedábamos dormidos a los pies de su puerta. “¿Cuánto tiempo duró eso?”, me preguntó mi psicólogo en la primera sesión que tuvimos. Yo le dije que mi ropa dejó de oler a barniz hasta que cumplí doce años. Que ahora lo usaba para pintarme las uñas. Él sólo anotó algo en su libreta y siguió cuestionándome sobre mi niñez. Le expliqué que la niñez no habría tenido sentido sin mi amiga, mi mejor amiga, la que siempre jugaba conmigo por largas horas, esa pequeña pelirroja de vestido brillante. Fiel confidente, nunca decía algo, pero siempre, cuando la tenía entre mis manos, hacía que olvidara todo. Debo confesar que la extraño, nunca supe cómo pudo irse sin despedirse de mí.
Cuando jugábamos ella hacía que el arcoíris fuera una resbaladilla para nosotras, el tiempo era otro y los gritos de mi madre no rompían el reloj. El tiempo era mío, pertenecía a mi risa. A veces, cuando estaba muy sucia, le quitaba su ropita para lavarla y cepillaba su cabello de estambre. Después la tomaba entre mis manos y viajábamos a las nubes… Mi querida Rainbow Brite… “¿Dónde quedó nuestro arcoíris?”. Mi psiquiatra jamás supo responderme esa pregunta.
Ahora, que soy madre, al escuchar las risas de mi hija ¡veo nuestro arcoíris!
 

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