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Textoy foto: Jorge Santa María

CIUDAD DE MÉXICO.- El pasado viernes se le quitó la pausa, ojalá sea por mucho tiempo, a SIN BANDERA, un dueto que marcó su estilo desde su aparición en el año 2000, apostando por el amor basado en las tres “s” clave de la música; sentido, sensibilidad y sencillez.
El Auditorio Nacional ya los esperaba, la ansiedad de verlos se sentía desde afuera del Coloso de Reforma donde peleaban autoridades contra los revendedores que, aprovechando la prisa de sus seguidores por estar dentro para aplaudir, escuchar y cantar con ellos, hacían su agosto.

“¿Cómo estamos? Es un placer enorme, bienvenidos a un momento inolvidable en nuestras vidas, esperamos que para ustedes también lo sea, bienvenidos a esta fiesta, para nosotros significa muchísimo estar parados en este escenario en el que tantos recuerdos y cosas lindas hemos vivido, poderlo vivir “una última vez” con todos ustedes no tiene precio”. Así iniciaban la noche del 26 de febrero, fecha que seguramente recordarán mucho, antes de volver a pensar si de verdad será “Una última vez”.
Las canciones llegaron una a una, nuevas y clásicos; Y llegaste tú, Y más te amo, Tócame, Para siempre tal vez, Amor real, En esta no, A,B,C, Ves, Junto a ti, sobre mí, Sirena, Que me alcance la vida, Mientes tan bien, Que lloro, Te vi venir, Kilómetros y cerraron con Entra en mi vida.
La descripción del concierto es una, inequívoca, segura, firme, palpable, comprobable, atestiguada, grabada, transmitida, recordada e indiscutible, no hubo una sola canción que los diez mil asistentes no cantaran junto con Leonel y Noel, sus dos coristas y músicos, entre batería, percusión, guitarra, bajo, metal, piano y consola.
Esa primera noche que se vivió en el Auditorio Nacional y que se repitió el sábado y que se tuvo previamente en Monterrey, solo son testigo de dos cosas:
La primera; cuando se antepone la necesidad de crear, trascender y cubrir los espacios que uno mismo va dejando, queriendo y no, se pueden dejar a un lado cualquier tipo de diferencias, pensamientos o decisiones mal o bien tomadas, en favor de la música en general.
La segunda; Que no todo está perdido, que aún existe mucha gente que paga por la música que apueste por el amor, por el romanticismo, en el presente, en el hoy, en una lírica actual, en una sónica vanguardista y en emocionantes armonías varoniles controladas, alimentadas por el público que no deja de reconocerles su talento y que no estoy seguro si perdonaría una nueva separación.
Arriba la música, arriba el amor, arriba el romanticismo y que este género que ante tantas nuevas alternativas por veces pareciera desaparecer, nunca se quede ¡SIN BANDERA!
 

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