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Por Abraham Gorostieta M.
 *Entrevista publicada originalmente en la revista El Búho. Enero 2013.


Es realmente increíble la memoria del periodista José Reveles: un solo dato basta para que su cerebro, como si fuese un enorme archivo, procese la información y extraiga la ficha de la persona, datos, fechas, antecedentes… todo.

 Es jovial, muy jovial. Tiene más de cuatro décadas en el oficio. Se ha especializado en los temas de derechos humanos, movimientos sociales, represión y seguridad nacional. Cada uno de estos temas los aborda como las abuelas bordan un tejido, con paciencia, con color, con cariño. Graduado de la Escuela de periodismo Carlos Septién García con una tesis sobre poesía latinoamericana moderna. Estudiaba y trabajaba como reportero en la redacción de La Prensa y lo hacía con “muchas tazas de café y cuartitos de bencedrina para no dormir”.
Se define como reportero: “nunca he dejado de serlo ni tampoco he dejado de ir en busca de la información, de corroborarla, de cruzar datos”. Se levanta muy temprano y comienza su día como reportero leyendo los diarios del día: “Yo nunca leo columnas periodísticas. En los periódicos sólo leo información”. Reveles expresa lo anterior porque escudriña e infiere que la mayor parte de las columnas están manoseadas por intereses políticos, económicos y sociales y, por tanto, se trata de una mirada (respetable, incluso) sobre la realidad, pero al mismo tiempo, distorsionada.
Reveles ha dedicado su tiempo y experiencia al periodismo de investigación. Reportajes polémicos que han denunciado actos de corrupción entre políticos y empresarios, así como de impunidad, abuso de autoridad; ha investigado el tema del narcotráfico. Y todo eso se ha convertido en libros necesarios para entender la realidad mexicana. Así escribió Una cárcel mexicana en Buenos Aires; Una PANdemia devasta México; y Las historias más negras; La Quina, el lado oscuro del poder (en coautoría con el periodista Salvador Corro); El cartel incómodo. El fin de los Beltrán Leyva y la hegemonía del Chapo Guzmán; Las manos sucias del PAN; Las historias más negras de narco, impunidad y corrupción en México y el libro de entrevistas Villa, Sofía Loren y los Sandinistas, además de El Chapo: entrega y traición, y Échale la culpa a la heroína (De Iguala a Chicago).

Sus inicios

–¿Cómo es que se decide a ser periodista?
–Pocas cosas he decidido en mi vida. Al haber estado con pocos documentos oficiales –venía de estudiar de Guadalajara–, alguien me aconsejo ir a la Escuela de Periodismo Carlos Septién. Entré con media beca porque andaba muy pobretón y ahí me fue muy bien. Al final del mismo año que ingreso a la Septién ya estaba trabajando como periodista. Era 1964. Soy fundador del Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), junto con Pepe Alvárez Icaza, que ya murió y Alejandro Avilés, que me llevo ahí. Trabajaba en la agenda clerical progresista; fuimos pioneros de las síntesis informativas que hoy en día son insustituibles en las oficinas de comunicación social. Empecé a trabajar en la prensa desde el otro lado de la barrera, dando información a los periódicos. Me toca, por ejemplo, un tema muy cerrado en esa época que era el tema eclesiástico, pero me toca la transición de apertura de la Iglesia a los medios, lo que se llamó aggiornamento de la Iglesia y que fue una decisión del Papa Juan XXII que es es la adaptación o la nueva presentación de los principios católicos al mundo actual y moderno, siendo por eso un objetivo fundamental del Concilio Vaticano II. Empecé a trabajar oficialmente en Cencos, pero muy pronto me incorporé a los periódicos desde 1967.

–¿Cómo ingresa en el diario Excélsior?
–Yo solito llegué. Resulta que estaba trabajando en Novedades, por invitación de mi amigo Ernesto Ochoa Céspedes. Ahí trabajé dos años. Te doy un antecedente: mucho antes hacía síntesis noticiosa, fui pionero de la síntesis informativa. Analizábamos los principales periódicos de esta ciudad y los ordenábamos en trece temas, más internacional, nacional y metropolitano, así que cuando alguien leía nuestro informe, en una lectura de 20 minutos estaba informado de todo. A las cinco de la madrugada leía los diarios y hacia esa chamba, entonces por obligación era una persona informada. El problema con el periodismo mexicano es que los periodistas no leen pero tampoco los estudiantes de periodismo ni los maestros que dan clases a esos estudiantes. Es un problema. Hay que leer, escuchar y aprender. Sostengo que la libertad consiste en escoger entre varias opciones. Si no tienes opciones porque no lees, no puedes escoger: no eres libre. O tu libertad se limita porque no tienes conocimientos.
Estuve en Novedades, periódico bastante gris, aunque me sirvió en mucho en el sentido de que confirme en la práctica que cualquiera, si se empeña en hacer periodismo, lo puede hacer hasta en un periódico malísimo como era Novedades. Ahí publiqué el caso del primer desaparecido político en México, el de Epifanio Avilés Rojas, mayo 18 de 1969. Hacer periodismo –quítale lo de “buen”– sí se puede en cualquier lugar. Carlos Borbolla en Excélsior y yo en Novedades hablamos sobre el tema. Pasa el tiempo, y el diario me envía a la toma de posesión del presidente de Colombia, Misael Pastrana Borrero, padre de Andrés Pastrana que también fue presidente. Hablamos de agosto de 1970. Vi que no tenía nada que hacer en Novedades; llegué de Colombia, pedí mis vacaciones y me fui a Excélsior a pedirle trabajo a Julio Scherer y lo convencí el 25 de agosto de 1970. Al día siguiente empecé a publicar en Excélsior.

–¿Se divierte siendo periodista?
–Me encanta. Sí me dieran a escoger de nuevo profesión, sería la misma. Tal vez después de ver tantos casos de injusticia me gustaría haber estudiado leyes.

–Cómo Miguel Ángel Granados Chapa…
–Eso fue lo que hizo Granados Chapa, periodista y abogado. A veces te sientes frustrado de no poder ayudar a las personas más que con los medios y no poder ayudar metiendo mano en los expedientes y modificándolos.

Excélsior y Julio Scherer
–¿Existe en la práctica el periodismo objetivo?

–No. No tiene por qué ser objetivo. Tiene que ser documentado, racional, estar perfectamente checado, cruzar los datos, las informaciones. No se puede hacer periodismo objetivo porque hasta perdería “sabrosura”. Yo no creo en la objetividad al cien por ciento. Porque la objetividad depende del cristal de dónde la miras. La misma autoridad acepta que las decisiones de los jueces son decisiones unipersonales, subjetivas, porque interpretan a la ley, y con el periodismo pasa igual. Tú interpretas la verdad pero por supuesto por respeto a tus lectores, a tu medio y a ti mismo, debes aportar los elementos para que la gente forme su criterio por sí misma. Entre más datos checados, informaciones irrefutables, datos duros ofrezcas, más credibilidad tienes.

–¿Cómo fue trabajar con Julio Scherer?
–Toda una escuela. Hay que reconocerlo. Julio como periodista tiene un olfato maravilloso, una capacidad de ver más allá de lo que vemos los periodistas. ¿En que sentido? Si él decía, por ejemplo, hay que describir el caos de la industria azucarera o de la caña de azúcar. Para ello nos mandó a ocho reporteros de Excélsior a recorrer el país. Ocho. Nombres: Manuel Mejido, Enrique Loubet, Jaime Ruiz –que murió en ese viaje–, Manuel Arvizú, Pepe Carballo, tu servidor, se me van un par de nombres; bueno, éramos ocho reporteros haciendo un solo reportaje, eso no se hace en ningún lado. Scherer tuvo la visión de mandarme a Irán, a ningún periodista mexicano se le ocurrió, fui el único en el momento de la toma de poder de los ayatolas. ¿Cómo se le ocurrió a Scherer? Pues él ligó perfectamente que la estancia del Sha en México implicaba que teníamos una relación de codependencia con Irán y el petróleo y Estados Unidos; bueno, tuvo la visión y me envió. También tuvo la visión del encierro del ex presidente Campora y su hijo, el doctor Pedro y de Juan Manuel Abal Medina en la embajada de México en Buenos Aires y que no lo soltaba la dictadura, mientras que nosotros liberábamos matones de la dictadura en México con Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, y era la contradicción de que nuestra embajada fuese una cárcel; entonces me envió y fui cuatro o cinco veces a Argentina y salió un libro, además de los reportajes. Esas visiones no las tiene otro periodista, no se le ocurren a nadie porque no están atentos a lo que le pasa al país fuera de sus fronteras.

–Guillermo Ochoa cuenta que Julio era una especie de fábrica de ideas…
–Sí, lo era. Yo le aprendí eso. Los lunes, cuando nos reuníamos, sobre todo los últimos meses en que yo estuve, los únicos que llevábamos apuntes en tarjetitas sobre reportajes por hacer eramos Julio y yo. Al resto que estaba en el Consejo de Redacción, les valía. Fui jefe de información en Proceso hasta que me fui (Extracto).

Enrique Alfaro, caricaturista

ENRIQUE ALBERTO Alfaro Santos, nació en Arriaga, Chiapas, el 15 de julio de 1967. Periodista y dibujante autodidacta, se inició como caricaturista político en el diario Numero Uno, en 1984. Recibió el Premio Estatal de Periodismo en 1987, en el género de cartón político, que otorgaba el Gobierno del Estado de Chiapas. Ha colaborado en la mayoría de las publicaciones de su estado natal y en algunas otras del sureste. Participó en la fundación de los semanarios Ámbar, Este Sur y Páginas, y de los diarios Expreso Chiapas y Por Esto! de Yucatán. Los matutinos El Financiero, Uno más Uno, y El Nacional han publicado ilustraciones de su autoría. La Universidad Autónoma de Chiapas le publicó el libro Ilustradores de Chiapas 1827-1955 (primer tomo). Es integrante de la Unión Iberoamericana de Humoristas Gráficos (UIHG). En 2007 recibió el Premio México de Periodismo que otorga la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos, A.C. (Fapermex). Actualmente publica en el diario Noticias, voz e imagen de Chiapas y el semanario Eje Central que dirige el columnista Raymundo Riva Palacio.
Rogelio Urrusti, caricaturista
Rogelio Urrusti
Chávez Maceda, pintor y caricaturista de origen Veracruzano pero radicado en tierras tabasqueñas desde hace ya varios lustros, publica en el Tabasco Hoy y da clases... foto tomada en una de sus exposiciones.

 

 

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